
Cuando los grandes fabricantes de smartphones empezaron a anunciar a bombo y platillo políticas de soporte de hasta siete años de actualizaciones, la noticia fue recibida como una victoria histórica para los usuarios. Por fin parecía que la obsolescencia programada mordía el polvo. Pero, siempre hay que leer la letra pequeña.
Es cierto que la ampliación del soporte en la gama alta y la gama premium no tiene ningún problema, Raro es el smartphone con un hardware potente que no aguante esos 7 años o más. Lo que pasa es que esta promesa a largo plazo es que el software evoluciona a una velocidad de vértigo que algunos gama media no pueden igualar.
¿De qué sirve recibir más y más versiones de sistema, si el hardware de tu teléfono se queda congelado en el día en que lo sacaste de la caja?
Hardware vs Software
El gran problema actual no tiene tanto que ver con la versión de Android o de iOS, sino con la obsesión de la industria por integrar la inteligencia artificial en cada rincón del sistema operativo.
Las últimas versiones de Android e iOS ya no se limitan a pulir la interfaz o a mejorar la seguridad; ahora exigen un esfuerzo extra a los componentes internos para procesar funciones de edición fotográfica avanzada, traducción en tiempo real o asistentes de voz mejorados impulsados por la omnipresente IA.
Para que un teléfono ejecute estas herramientas de forma fluida, necesita dos cosas que a la gama media de hace unos años le faltan por completo: una cantidad ingente de memoria RAM y un procesador con un motor neuronal específico de alto rendimiento. Es decir, que no hablamos solo de un procesador potente, sino inteligente.
Ahora puede que no se note tanto, pero en un futuro muy cercano, cuando instales una de estas pesadas actualizaciones en un terminal que ya tiene tres o cuatro años de rodaje, el sistema operativo intenta exprimir unos componentes que simplemente no fueron diseñados para semejante carga de trabajo.
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